Fue una época la nuestra en la que todo se llamaba así, crisis.
A todo se le decía crisis y nosotros teníamos miedo. Un miedo del que no sabíamos la forma.
Porque cuando uno es chico todos los miedos tienen forma de algo. Cuando uno es grande los miedos no son peores, son distintos. Y no sabemos bien cómo son.
El chancho con cadenas era eso. Era un chancho, y tenía cadenas. Dependiendo del chancho de cada uno, las cadenas iban en diferentes lugares. Pero creo que gran parte de nosotros lo imaginaba con cadenas que arrastraba sobre el asfalto, largas, pesadas. Que a la larga nos advertirían de su presencia, pasando por debajo de la puerta del escritorio. Así era en mi casa y en mi caso. Viniendo buscar quién sabe qué. Nunca supe qué es lo que le interesaba de mi a ese chancho, pero evidentemente no era nada bueno. Porque sino, por qué iba a venir de noche, o peor, de madrugada, sin tocar timbre, por la parte de abajo de la puerta del escritorio?
También hubo, en el colectivo imaginario infantil, un hombre de la bolsa. Que si, era un hombre, cosa muy simple de imaginar, con una bolsa (seguro de nylon o arpillera; seguro fue para papas o trigo o cebollas). Que la verdad, a mi nunca me asustó. Porque prefería tenerle miedo al chancho con cadenas o a las viejitas Ciancio, esas dos mujeres que espiaban por el vidrio de la puerta de su casa vieja por la que mamá pasaba, con el auto, cada vez que podía, porque nosotros le pedíamos, y porque a ella también le gustaba asustarnos y que nos asustemos. No sé por qué casi siempre mis primas venían con nosotros, y alguna de mis tías también. Creo que pasar por lo de las Ciancio era un acto familiar de fin de semana que se perdió cuando crecimos. O cuando se murieron las viejitas.
Pero ahora las cosas cambiaron, y sufrimos crisis de amor, que son las que más duelen. Porque son las que menos explicaciones tienen y más tardan en curar. Y no hay manera de dibujarlas y ponerles una forma o un color, que seguro sería como bordó. Me animaría a decir que a estas nuevas crisis sólo se les puede poner olor. Olor a ese pasillo. Olor a sábanas percudidas y desenganchadas en una punta. Olor a sus pañuelos. Olor a sus huecos. Olor al pasto de esas mañanas heladas. Olores que nos pegan patadas.
Me pregunto si las viejitas Ciancio alguna vez habrán sentido esos olores. Me pregunto a quién le habrán tenido miedo ellas. Estoy seguro que hay cosas que no llego a entender, para las que ellas tendrían muchas respuestas.
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