26 mayo, 2011

Anular


Si hay algo que a mi siempre me generó problemas, fueron mis uñas.
Todavía me acuerdo cuando, allá por Chillar, en siglos pasados, un hongo voraz se ensañó con la uña del dedo anular de mi mano izquierda.

Nuca más ese dedo volvió a ser el mismo. Y me lo recuerda de vez en vez, haciéndose el distinto, el exótico, el que no pertenece al conjunto de los dedos de la mano, sino que se trata de destacar, como cuando le gusta alardear de esa cicatriz que tiene a la mitad, herencia de una cuchillada que se le escapó a Kholi, el molinero, un domingo de yerra.
Y eso que mis pulgares tienen con qué hacer competencia. Esa heladera hizo de las suyas, y bien que las hizo. Pero no, el anular izquierdo siempre fue el descarriado. Y estoy seguro, segurísimo, que fueron esos honguitos blancos, hermanos mellizos de la caspa, los que le dieron ese carácter de rebelde sin causa.
Me gustaría que algún día nos llevemos bien. Realmente creo no darle motivos, pero es más fuerte que si mismo, y evidentemente, más fuerte que yo también.


Pero tampoco creamos que eso fue lo peor.
El día que cuente lo de las uñas mis pies, poco va a quedar para realismo mágico.


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