Existe un nuevo proyecto. Existe un 2009 que de a poco se va llenando de GORE.
En castellano, se usa GORE para definir SANGRE, y según fui leyendo, se acerca bastante a un sinónimo de "sangriento", usado más que nada en ese cine bizarro o trash, del que siempre vimos en I-Sat, en el ciclo "Cine Z", ese que era presentado por dos cuervos parados sobre dos lápidas en un cementerio en el que siempre era de noche.
Nuestro GORE, igualmente, no muestra sangre, por el momento. Y creo que el desafío que llevamos encima es que esa sangre se vea, aunque no esté.
14 abril, 2009
19 marzo, 2009
Cem
Se podría decir de esta historia que es una historia de amor.
De cómo una piba con ganas de mundo conoce a otro pibe con ganas de mundo.
De una argentina y un turco que se enamoran de a poquito, a través de fotos, a través de balbuceos en inglés y de miedos mutuos.
"Osama Bin Laden!", decía el padre de ella.
"Arjantin? Ne Arjantin'deki?", decía la madre de él.
También podrían robársele unos versos a Drexler en "Disneylandia", cuando dice:
"Niños iraquíes huídos de la guerra no obtienen visa en el consulado americano de Egipto para entrar en Disneylandia"
...para decir:
"Jóven turco en pareja con argentina hija de una danesa no obtiene visa en el consulado peruano en Argentina para mudarse a Perú"
O simplemente, hablar de Leticia y de Cem.
20 febrero, 2009
Oler
Hace unos pocos días volví a sentir olores.
Uno fue el de volver de la pileta para casa, caminando por la vereda de baldozas rosas, con una toalla colgada en los hombros.
El otro, el olor de esperar el colectivo en invierno, para ir a la facultad. Si venía el colectivo marrón, el olor era más intenso. El olor se diluía un poco cuando veía venir el colectivo azul. Nunca sentí ese olor al ver pasar el colectivo amarillo.
Uno fue el de volver de la pileta para casa, caminando por la vereda de baldozas rosas, con una toalla colgada en los hombros.
El otro, el olor de esperar el colectivo en invierno, para ir a la facultad. Si venía el colectivo marrón, el olor era más intenso. El olor se diluía un poco cuando veía venir el colectivo azul. Nunca sentí ese olor al ver pasar el colectivo amarillo.
12 febrero, 2009
Ignatius
Hay días en los que uno anda por la vida sin prestar demasiada atención a lo que nos rodea, a esas otras vidas que nos pasan por al lado como palos de bowling a los cuales debemos esquivar, y hay otros momentos como ayer.
No sé si será porque era miércoles, o si era que tomaba otro camino, el punto es que la gente con la que me crucé estaba bastante lejos de pasar desapercibida para mis ojos.
Sobre todo, ese señor que se paró al lado mio en el subte, línea B, la de los asientos acolchonados de ese color rosa viejo con dibujitos azules. Un señor grandote, esas personas que no sabemos si son grandotes o gordos, medio rubio, pero ya bastante canoso, y con unos lentes de culo de botella importantes. Marco marrón, obvio, como deben ser los lentes de la gente seria.
Hasta acá, quizá no haya nada raro. Pero claro, no es lo mismo haber visto a ese tipo, que describirlo. Digamos que quien conoce a Ignatius Reilly, de "La conjura de los necios", estaría bastante cerca de saber de lo que estoy hablando.
Busqué mi lugar en el subte cerca de los asientos, cosa de ir por lo menos descomprimido, y el Ignatius porteño este se paró al lado mío.
Llevaba un saco a cuadritos, en gris, con unas mangas a las que le sobraban centímetros, y por sobre el hombro una especie de morral negro, cuya correa caía por sobre su hombro, arrastrando el saco por el lado derecho, hasta dejarlo casi cayendo del brazo. Así, el saco era como una gran manta con brazos que ni forma tenía.
Con una mano se agarraba de una baranda, sobada y sobada por los siglos de los siglos, y en la otra tenía una bolsita, como esas que siempre llevaba consigo el Doctor Chapatín. En un momento del que no tengo tanto registro sacó de la bolsa un bizcocho tipo baybiscuit, y lo empezó a comer con la inercia con la que uno hace cosas como atarse los cordones o arremagarse la camisa. Mordiendo fuerte para masticar, como si le costara. Y en ese intento no cejaba hasta arrancar un bocado que masticaba casi sin dar tiempo a tragar, buscando un nuevo bocado.
En esa expedición por su humanidad no dejé de buscar detalles que comprobaran que si, que lo que yo pensaba de él era lo que yo estaba mirando. Y de pronto me encontré con una cara afeitada, bastante prolija, pero con una gran falta de atención en la zona de debajo de la nariz. Esos pelitos que siempre nos dan trabajo, ahí donde empezaría el bigote de quienes lo tienen, se aparecían en forma más que abundante, como si no hubiera que tocarlos por algo en particular, aunque sin dudas era un error al afeitarse. Ese mínimo reborde nunca podía querer ser un bigote, de ninguna manera. Era el elemento que terminaba de confirmar una teoría que acababa de nacer y que seguramente murió ahí, cuando bajé del subte.
De un momento al otro mi Ignatius estaba masticando su segundo baybiscuit, y como todavía no iba a bajarme, cerca de esa corbata negra y blanca a rayas con un nudo a medias deshecho, me arrebató la mirada una mancha de color mostaza en su camisa celeste, que seguramente por su color, obedecía a un error en la dosis de, justamente, mostaza, que no debía terminar donde terminó.
Podría mencionar también los pelos que desprendían de sus orejas y de su cuello, como pequeños hilos, pero este tema (el de los pelos dentro de las orejas) ya me tiene bastante traumatizado.
Por momentos me distraía esa morocha que iba sentada frente a mi, pero sólo reparaba en ella porque entendía que estaba haciendo mi mismo análisis en este hombre que seguía con su bolsa de bizcochos firme en la mano, desprendiendo una energía que mezclaba el color tizne de la ciudad, la dejadez y por qué no, la necesidad de que alguien se preocupe por esa mancha.
Bajé en Medrano, convencido de que había encontrado a mi Ignatius ahí debajo, y ahí mismo lo había abandonado.
No sé si será porque era miércoles, o si era que tomaba otro camino, el punto es que la gente con la que me crucé estaba bastante lejos de pasar desapercibida para mis ojos.
Sobre todo, ese señor que se paró al lado mio en el subte, línea B, la de los asientos acolchonados de ese color rosa viejo con dibujitos azules. Un señor grandote, esas personas que no sabemos si son grandotes o gordos, medio rubio, pero ya bastante canoso, y con unos lentes de culo de botella importantes. Marco marrón, obvio, como deben ser los lentes de la gente seria.
Hasta acá, quizá no haya nada raro. Pero claro, no es lo mismo haber visto a ese tipo, que describirlo. Digamos que quien conoce a Ignatius Reilly, de "La conjura de los necios", estaría bastante cerca de saber de lo que estoy hablando.
Busqué mi lugar en el subte cerca de los asientos, cosa de ir por lo menos descomprimido, y el Ignatius porteño este se paró al lado mío.
Llevaba un saco a cuadritos, en gris, con unas mangas a las que le sobraban centímetros, y por sobre el hombro una especie de morral negro, cuya correa caía por sobre su hombro, arrastrando el saco por el lado derecho, hasta dejarlo casi cayendo del brazo. Así, el saco era como una gran manta con brazos que ni forma tenía.
Con una mano se agarraba de una baranda, sobada y sobada por los siglos de los siglos, y en la otra tenía una bolsita, como esas que siempre llevaba consigo el Doctor Chapatín. En un momento del que no tengo tanto registro sacó de la bolsa un bizcocho tipo baybiscuit, y lo empezó a comer con la inercia con la que uno hace cosas como atarse los cordones o arremagarse la camisa. Mordiendo fuerte para masticar, como si le costara. Y en ese intento no cejaba hasta arrancar un bocado que masticaba casi sin dar tiempo a tragar, buscando un nuevo bocado.
En esa expedición por su humanidad no dejé de buscar detalles que comprobaran que si, que lo que yo pensaba de él era lo que yo estaba mirando. Y de pronto me encontré con una cara afeitada, bastante prolija, pero con una gran falta de atención en la zona de debajo de la nariz. Esos pelitos que siempre nos dan trabajo, ahí donde empezaría el bigote de quienes lo tienen, se aparecían en forma más que abundante, como si no hubiera que tocarlos por algo en particular, aunque sin dudas era un error al afeitarse. Ese mínimo reborde nunca podía querer ser un bigote, de ninguna manera. Era el elemento que terminaba de confirmar una teoría que acababa de nacer y que seguramente murió ahí, cuando bajé del subte.
De un momento al otro mi Ignatius estaba masticando su segundo baybiscuit, y como todavía no iba a bajarme, cerca de esa corbata negra y blanca a rayas con un nudo a medias deshecho, me arrebató la mirada una mancha de color mostaza en su camisa celeste, que seguramente por su color, obedecía a un error en la dosis de, justamente, mostaza, que no debía terminar donde terminó.
Podría mencionar también los pelos que desprendían de sus orejas y de su cuello, como pequeños hilos, pero este tema (el de los pelos dentro de las orejas) ya me tiene bastante traumatizado.
Por momentos me distraía esa morocha que iba sentada frente a mi, pero sólo reparaba en ella porque entendía que estaba haciendo mi mismo análisis en este hombre que seguía con su bolsa de bizcochos firme en la mano, desprendiendo una energía que mezclaba el color tizne de la ciudad, la dejadez y por qué no, la necesidad de que alguien se preocupe por esa mancha.
Bajé en Medrano, convencido de que había encontrado a mi Ignatius ahí debajo, y ahí mismo lo había abandonado.
10 febrero, 2009
Viendo
Vuelvo a recordar cuando asomé la cabeza
por sobre el reborde del mundo.
Primero, me llamó la atención que no todo
estuviese colgado cabeza abajo.
Segundo, volví a esconderme.
05 febrero, 2009
Nudo
19 enero, 2009
Eñe
Quisiera haber sido este blog un blog del niño de menta, que terminó siendo del ninio de menta.
Una eñe no le hace mal a nadie.
Asimismo, no hay otra opción. Ni interesa.
A ver si puedo mantener un blog...
Una eñe no le hace mal a nadie.
Asimismo, no hay otra opción. Ni interesa.
A ver si puedo mantener un blog...
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