12 febrero, 2009

Ignatius

Hay días en los que uno anda por la vida sin prestar demasiada atención a lo que nos rodea, a esas otras vidas que nos pasan por al lado como palos de bowling a los cuales debemos esquivar, y hay otros momentos como ayer.
No sé si será porque era miércoles, o si era que tomaba otro camino, el punto es que la gente con la que me crucé estaba bastante lejos de pasar desapercibida para mis ojos.
Sobre todo, ese señor que se paró al lado mio en el subte, línea B, la de los asientos acolchonados de ese color rosa viejo con dibujitos azules. Un señor grandote, esas personas que no sabemos si son grandotes o gordos, medio rubio, pero ya bastante canoso, y con unos lentes de culo de botella importantes. Marco marrón, obvio, como deben ser los lentes de la gente seria.

Hasta acá, quizá no haya nada raro. Pero claro, no es lo mismo haber visto a ese tipo, que describirlo. Digamos que quien conoce a Ignatius Reilly, de "La conjura de los necios", estaría bastante cerca de saber de lo que estoy hablando.
Busqué mi lugar en el subte cerca de los asientos, cosa de ir por lo menos descomprimido, y el Ignatius porteño este se paró al lado mío.
Llevaba un saco a cuadritos, en gris, con unas mangas a las que le sobraban centímetros, y por sobre el hombro una especie de morral negro, cuya correa caía por sobre su hombro, arrastrando el saco por el lado derecho, hasta dejarlo casi cayendo del brazo. Así, el saco era como una gran manta con brazos que ni forma tenía.
Con una mano se agarraba de una baranda, sobada y sobada por los siglos de los siglos, y en la otra tenía una bolsita, como esas que siempre llevaba consigo el Doctor Chapatín. En un momento del que no tengo tanto registro sacó de la bolsa un bizcocho tipo baybiscuit, y lo empezó a comer con la inercia con la que uno hace cosas como atarse los cordones o arremagarse la camisa. Mordiendo fuerte para masticar, como si le costara. Y en ese intento no cejaba hasta arrancar un bocado que masticaba casi sin dar tiempo a tragar, buscando un nuevo bocado.
En esa expedición por su humanidad no dejé de buscar detalles que comprobaran que si, que lo que yo pensaba de él era lo que yo estaba mirando. Y de pronto me encontré con una cara afeitada, bastante prolija, pero con una gran falta de atención en la zona de debajo de la nariz. Esos pelitos que siempre nos dan trabajo, ahí donde empezaría el bigote de quienes lo tienen, se aparecían en forma más que abundante, como si no hubiera que tocarlos por algo en particular, aunque sin dudas era un error al afeitarse. Ese mínimo reborde nunca podía querer ser un bigote, de ninguna manera. Era el elemento que terminaba de confirmar una teoría que acababa de nacer y que seguramente murió ahí, cuando bajé del subte.
De un momento al otro mi Ignatius estaba masticando su segundo baybiscuit, y como todavía no iba a bajarme, cerca de esa corbata negra y blanca a rayas con un nudo a medias deshecho, me arrebató la mirada una mancha de color mostaza en su camisa celeste, que seguramente por su color, obedecía a un error en la dosis de, justamente, mostaza, que no debía terminar donde terminó.
Podría mencionar también los pelos que desprendían de sus orejas y de su cuello, como pequeños hilos, pero este tema (el de los pelos dentro de las orejas) ya me tiene bastante traumatizado.

Por momentos me distraía esa morocha que iba sentada frente a mi, pero sólo reparaba en ella porque entendía que estaba haciendo mi mismo análisis en este hombre que seguía con su bolsa de bizcochos firme en la mano, desprendiendo una energía que mezclaba el color tizne de la ciudad, la dejadez y por qué no, la necesidad de que alguien se preocupe por esa mancha.

Bajé en Medrano, convencido de que había encontrado a mi Ignatius ahí debajo, y ahí mismo lo había abandonado.

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